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ARGENTINA

El rescate de «Las aventuras del Negro Raúl», la primera historieta argentina con tema argentino

“En Buenos Aires el elemento negro parece haber sido completamente absorbido. No se encuentra ningún rastro de sangre africana”. La afirmación, para nada ingenua, fue anotada por el más prestigioso de los cronistas de la Argentina del Centenario: el periodista y político Georges Clemenceau luego de recorrer el Botánico, el Colón, el Zoológico, el Jockey Club, la Avenida de Mayo, Corrientes, el Hipódromo, Open Door y diversos paseos públicos.

El francés cumplió con el encargo (acuerdan los historiadores que su cachet abultaba) y retrató a la sociedad argentina desde las páginas de L Illustration (1911) tal como la oligarquía argentina quería ser vista: Buenos Aires como la París del sur a donde llegaban miles de inmigrantes que bajaban de los barcos con ansias de crecer porque en esta tierra “el que quiere trabajar, encuentra siempre dónde”, es decir, el espejo de un país pujante, en pleno desarrollo y donde el orden institucional se proclamaba tantas veces como se pronunciaba la palabra futuro. En esa fotografía no entraban en foco los descendientes de afroamericanos (que los había, claro) ni los obreros que comenzaban a vivir en conventillos y a exigir derechos desde las periferias de las grandes urbes.

Si bien la instantánea de la “argentinización a la europea” fue largamente analizada, hoy, más de cien años después, se suma a la discusión como bibliografía fundamental (y acaso más esclarecedora que muchas otras fuentes) un libro de historietas. Sí lectores, un libro de historietas titulado Las Aventuras del Negro Raúl, que contiene las páginas escritas y dibujadas por Arturo Lanteri para la revista semanal El Hogar (1916) donde se narran las desgracias de un negro con galera, frac, bastón y polainas que buscaba por todos los medios acceder a los privilegios que exhibía sin descaro la alta burguesía dominante. Su atrevimiento era castigado, y la forma de ese castigo era la humillación.

Para la historieta el Negro Raúl (inspirado en la figura de Raúl Grigera, mítico personaje del centro porteño de aquellos años) era un mulato de espíritu alegre y de algunos pocos sueños que casi siempre terminaban en pesadillas. Raúl quería ablandar con poemas modernistas los corazones de las bellas porteñas y a cambio recibía golpes; quería seducirlas con sus buenos modos aprendidos frente al espejo de la pensión, y a cambio recibía sopapos; soñaba “como cualquier pelagato” con ser presidente pero a él le recordaban siempre que era negro. A veces, durante los fines de semana, Raúl se “hacía el tilingo” y visitaba el parque Lezama, el parque Japonés y hasta los bosques de Palermo, pero siempre aparecían las botas policiales. Otras veces, por la mañana, practicaba pasos de baile para entrar por la noche a los salones de prestigio, pero terminaba lanzado por la puerta de servicio.

Algunas niñas de alcurnia lo invitaban a tomar el té y al final de la merienda lo dejaban de garpe; a veces Raúl se creía un fauno rodeado de doncellas, pero al abrir los ojos se encontraba rodeado de chanchos flatulentos. El Negro Raúl cometía, en la historieta, las mismas torpezas que el vagabundo Chaplín y, como él, desenmascaraba al verdadero monstruo: el desprecio y el racismo presentes en las calles iluminadas de aquella París centenaria de Sudamérica.

Las Aventuras del Negro Raúl además de cronicar y exponer el prejuicio racial y de clase, reinantes a comienzos del siglo XX, describen los miedos de la sociedad conservadora ante la inminente llegada de una clase populosa que ya asomaba en tiempos de la primera elección presidencial con la Ley Sáenz Peña vigente, es decir, junto a Yrigoyen y compañía.
Los motivos para leer y mirar este fabuloso libro que acaba de editar la Biblioteca Nacional en su naciente colección Papel de Kiosco, son muchos y cada uno justifica con creces el innegable valor documental de este trabajo que, como lo explica Juan Sasturain, director de la Biblioteca Nacional en su esclarecedor prólogo: “es un verdadero acontecimiento para la cultura gráfica argentina; para la cultura a secas, en realidad” porque “no es un rescate más de una pieza curiosa y/o mal conocida sino la definitiva puesta en valor y perspectiva de una obra fundamental para el conocimiento genuino de un momento clave en el desarrollo de la riquísima trayectoria de la historieta argentina”.

Y avisa, con razón, que “algo nuevo nos espera en una historieta vieja”. Allá vamos.

PRIMERO, LO PRIMERO
Durante mucho tiempo se sostuvo que la historieta argentina tenía como punto de partida la serie yanqui (argentinizada) Las aventuras de Viruta y Chicharrón que editó Caras y Caretas en 1912, es decir que nuestra historia dibujada arrancaba copiando un modelo del comic americano. Hoy, luego de la rigurosa, meticulosa y fundamental investigación emprendida por el investigador José María Gutiérrez (Jefe del Centro de Historieta y Humor Gráfico de la Biblioteca Nacional) y autor de varios libros imprescindibles sobre el tema, se puede afirmar que Las Aventuras del Negro Raúl es la primera serie de historietas argentina creada por un autor local y con personaje, paisaje y temas puramente argentinos.

“Hay que decir en verdad que aquella serie yanqui era muy mediocre, su valor residía sólo en que era la primera, y nada más. Ahora que sabemos que con el Negro Raúl de Lanteri arranca la historieta nacional con esa calidad y con esas connotaciones políticas, culturales y artísticas, el escenario de análisis y reflexión es otro. Esto es un dato maravilloso. Porque, por ejemplo, en ninguna otra fuente documental se va a encontrar la cantidad de información sobre la vida cotidiana de 1916: desde cómo pensaba la gente, cómo se comportaban las distintas clases sociales cuando las hacía confluir en los mismos escenarios, cómo era la fauna urbana, hasta qué aterraba a la oligarquía.

Por otro lado reafirma que la historieta en nuestro país nace confrontativa y cuestionadora de la realidad. Es un instrumento en manos subversivas. Lo hicieron antes Eduardo Sojo y Manuel Redondo, y luego lo llevó adelante Lanteri aggionando a la realidad que le tocaba”, asegura Gutiérrez.

De Las Aventuras del Negro Raúl, la historieta, sólo se habían leído algunas páginas sueltas. Con esta edición de la Biblioteca Nacional se presentan por primera vez las 39 planchas escritas y dibujadas por Lanteri, y publicadas en el orden semanal tal como salieron en El Hogar entre febrero y noviembre de 1916. La posibilidad de leerlas continuadas abre nuevos matices de interpretación: “Se puede ver, por ejemplo, que el cuestionamiento de Lanteri trasciende a la clase oligarca y apunta a la clase media que en la historieta fustigaba al Negro Raúl”, dice Gutiérrez. “Lanteri contrapone a Raúl con esa clase media que asiste al Colón, a los parques, a los salones, y que retrata como chabacana y tilinga”.

La excelente calidad de reproducción de las 39 planchas realizada para esta edición se debe no sólo al equipo de la Biblioteca Nacional, sino también al trabajo del amante de la historieta antigua Federico Mutinelli (con aportes técnicos del ilustrador Juan Soto) que comenzó a trabajar en las páginas de Lanteri en 2016 a partir de los scans de la Biblioteca: “Tuvimos la suerte de que sólo las primeras ocho páginas fueron publicadas en el interior de la revista sobre papel común, que lógicamente envejeció peor.

El resto de las páginas se publicó en la retiración de tapa o en la retiración de la contratapa y sobre papel ilustración, por lo que amarillearon bastante menos. Ese lugar en la revista fue indicio del éxito que la serie tuvo, ya que era un espacio que habitualmente se destinaba a publicidades de página entera. Luego vino el trabajo fino de borrar manchas, restaurar líneas, corregir el contraste, eliminar transparencias, y por último se reemplazaron las tramas que estaban muy empastadas o incompletas, pero siempre sólo en las planchas que estaban en peores condiciones.

Esto es lo único que hicimos que se puede considerar una adulteración de lo impreso originalmente. Fueron muchas, muchas horas de photoshop”, comenta Mutinelli.

Otro de los motivos por los cuales Las aventuras del Negro Raúl es un volumen imprescindible de la historiografía de la cultura gráfica nacional, es que por primera vez se presenta en sus páginas una semblanza biográfica del ilustrador, dibujante y hasta creador cinematográfico Arturo Lanteri (1891-1975), autor esquivo (¿acaso por voluntad propia?), ausente en documentos de la época, sin reportajes o testimonios de colegas a los que acudir.

Con perseverancia, en su estudio preliminar, Gutiérrez logra reconstruir el derrotero de Lanteri, trabajador silencioso y siempre atento a la novedad. Al observar cualquiera de las planchas de su Negro Raúl salta a los ojos el espíritu moderno que animaba su creación, presente, por caso, en la plasticidad de los movimientos de sus personajes, en la puesta en escena y, fundamentalmente, en la síntesis narrativa. Lanteri dejó huella en las principales revistas de su tiempo como ilustrador y fue el creador, entre otras series recordadas, de otro hito de la historieta llamado “Las aventuras de don Pancho Talero” (reconocida como pionera de los quadrinhos con globos en Brasil), “primera serie de un autor local que logra impactar en el público lector y que se mantuvo activa durante más de tres décadas”, como avisa Gutiérrez.

Si en Lanteri convergen las experiencias de los precursores como Eduardo Sojo (en el periódico satírico Don Quijote) y Manuel Redondo (autor de Sarrasqueta), a partir de Lanteri se puede trazar una cadena creativa que enlaza con la historieta moderna, siendo el primer eslabón el mítico Dante Quinterno, creador de Patoruzú.

“Lanteri es un tipo importantísimo porque continua con la antigua tradición de la sátira política, un tipo que mete el dedo en la llaga de la actualidad. Lo fabuloso es que en el Negro Raúl está la visión de época de un argentino, de un laburante, porque Lanteri es un laburante de los medios gráficos. Más allá del encargo editorial, él puso cosas que cualquier creador elige poner inconscientemente y que a veces contradicen aquello para lo cual le encargaron hacer la historieta. Lanteri muestra por ejemplo el lugar donde comían los plebeyos, esas fondas donde todos se mataban por un mendrugo, porque él venía de ese universo.

Lanteri es el padre de la historieta argentina y además alguien que se dedicó enteramente a la historieta, no como sus colegas que la practicaron como una ilustración más. En verdad, Lanteri es el primer dibujante que se consagró de lleno a este lenguaje, él eligió hacer historieta como arte, por eso se puede afirmar sin equivocarnos que es el primer historietista argentino.

Lanteri incorpora los globos, libera las viñetas mientras redondea las figuras, se apropia de un modelo de USA y lo hace enteramente criollo, iniciando la variante local de las series de ambientación familiar. Es decir, también ilustra la lucha de poder al interior del hogar burgués en los años ‘20.

Lo hace sin perder en ningún momento el espíritu crítico, cuestionador de la actualidad que ha dominado las narrativas gráficas del Rio de la Plata desde sus orígenes. Es absolutamente fiel a una tradición local característica y distintiva de la historieta argentina. Como dibujante es extraordinario, porque supo aggiornarse a cada nueva instancia estilística.

Puede verse su legado en el joven Dante Quinterno, al que dio un impulso enorme en sus inicios, aunque Quinterno jamás reconoció esa tutela”.

EL MITO Y LA REALIDAD
Raúl Grigera –el verdadero Negro Raúl–, fue desde la primera década del Siglo XX un mito urbano sobre el cual se depositaron relatos que iban desde la admiración a la deshonra, tanto en artículos periodísticos, poemas y obras teatrales. Algunos lo mencionaban como mendigo, otros como bufón, loco, embaucador, dandy de segunda mano, murciélago de la noche porteña, y una larga lista de calificativos (en su mayoría despectivos) que hicieron de este afroargentino, nacido en 1886 y habitante de franja sur de la ciudad, parte de una leyenda cargada de falacias y exageraciones. Fueron tantas las historias que se tejieron a sus alrededor que los investigadores solían perderse en cuentos increíbles.

Lo único fidedigno solía decir Macedonio Fernández es que figure en un tango, “porque es la única cosa que no consultamos a Europa”, y tenía razón, porque el Negro Raúl desde su más temprana fama, además de ser retratado en notas de la época, tuvo su tango (Ángel Bassi, 1912), lo que habla de su aceptación tanto por parte de los sectores populares como por la elite porteña, y lo que explica también por qué Lanteri lo toma como modelo para llevar adelante su historieta.

La incorporación del texto de la investigadora argentina Paulina Alberto –autora del reciente libro Black Legend: The Many Lives of Raúl Grigera and the Power of Racial Storytelling in Argentina publicado por la editorial de la Universidad de Cambridge– donde por primera vez reconstruye paso a paso la vida del negro Raúl, es un gran acierto porque se termina de cerrar la puerta del mito pintoresco y se abre otra puerta sobre la verdadera y trágica historia humana de Raúl Grigera, dimensionando así, también, el valor histórico de la historieta de Lanteri.

Muchas son las preguntas que surgen al leer Las Aventuras del Negro Raúl y una de ellas, que motivó todo este trabajo de investigación que llevó adelante durante años José María Gutiérrez, es: ¿por qué una revista como El Hogar que no había publicado historietas hasta entonces despliega un importante espacio a la obra de Lanteri? “Ese fue el gran misterio”, dice Gutiérrez. Y sigue: “Es el verdadero punto de partida de esta historia. Hasta ese momento El Hogar no publicaba caricaturas como sí lo hacían todas las publicaciones de la época.

Si bien publicó algunas historietas norteamericanas en una sección dedicada a los niños, las discontinuó dos años antes de la serie de Lanteri. ¿Por qué, entonces, se publicó una historieta con estas características sobre un negro, personaje conocido de la noche porteña, donde aparece el arrabal y un montón de elementos que no tienen absolutamente nada que ver con los contenidos ni con el tipo de relato y de imágenes que producía la revista para modelar el gusto de la pequeña burguesía Argentina? La respuesta la hallé en una página publicada en la misma revista a sólo un mes de iniciada la historieta, una suerte de exabrupto, tipo propaganda electoral en donde, con un contenido antisemita, también raro para la publicación, se asocia a la Unión Cívica Radical desde Alem en adelante con la comunidad judaica en Buenos Aires, acaso, en clave irónica, señalando cuidado que estos son ´los patriotas´ que vienen a salvar la patria con sus ideologías extranjeras. Es realmente un exabrupto. Y claro, se publica frente a las inminentes elecciones presidenciales. El período exacto de la publicación de la serie del Negro Raúl va desde el momento en que se lanzan las candidaturas a la presidencia hasta un mes después de la asunción de Yrigoyen.

Y ahí sin ninguna explicación deja de aparecer. Es decir, fue parte de una innegable operación de la clase oligárquica que estaba alarmada, asustada y que veía una verdadera hecatombe con el ascenso de la plebe al gobierno y a la administración del estado nacional. Un dato más: en el Archivo General de la Nación encuentro el único documento del año 1916 sobre el fondo de la editorial Hynes (editora de El Hogar) y es un libro contable donde están los salarios de los colaboradores y ahí veo que cuando empieza a publicarse el Negro Raúl a Lanteri le aumentan notablemente el sueldo. Es decir, hubo además un reconocimiento a este trabajo. Lo que se verifica en el lugar privilegiado de publicación en la revista. La historieta no era un artículo menospreciado como los mitos posteriores afirmaron, sino un artículo de lujo, la historieta era la estrella de la prensa de aquel entonces”.

Como sucede con los libros importantes, la edición de este esperado volumen de la Biblioteca Nacional –que además cuenta con notas de lectura de Federico Reggiani y un riquísimo anexo gráfico sobre la obra posterior de Lanteri– viene a alterar el orden de la bibliografía ya clásica, en este caso sobre la sociedad argentina de las primeras décadas del siglo XX, y lo realmente notable es que ese desorden lo impulsa una historieta. Tan es así que aquel lector, por ejemplo, que confronte los lugares de donde fue expulsado el personaje de historieta el Negro Raúl (el Botánico, el Colón, el Zoológico, el Jockey Club, la calle Florida, etc.) con los sitios que recorrió Clemenceau en su visita guiada, accederá al milagro de ver al mismo tiempo como en una moneda de una sola cara, los dos rostros enfrentados de la historia argentina.

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