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ARGENTINA

La otra Generación Dorada: los técnicos del básquet argentino, el foco de una película para entender el camino de un éxito

“3DT” habla del valor esencial que tuvieron Magnano, Lamas y Oveja Hernández, quienes dirigieron a la Selección durante 24 años, logrando resultados históricos pero además dejando una identidad. El análisis de su aporte hoy que el seleccionado se quedó sin Mundial.

Julio de 2008. Rosario. Amistoso ante Uruguay en la previa de los Juegos Olímpicos. Sergio Hernández pide tiempo muerto y Julio Lamas, su asistente, experimenta un momento nunca vivido, una incomodidad que venía sintiendo desde el comienzo de la preparación, hacía 10 días. “Me sentía como un pingüino en un garage, buscando dónde me podía poner… Me ubiqué en un costadito y, de repente, desde arriba siento una voz que me habla… Era Manu (Ginóbili), quien no jugaba por descanso y me hacía una pregunta…´”.

-Ceder el liderazgo. ¿Cuesta no?

Internamente, Lamas entendió que era “evidente que yo no estaba cumpliendo bien mi rol”. De inmediato, entonces, admite haber repasado cada situación y hecho un ejercicio de memoria, intentando recordar la última vez que había sido ayudante y no head coach -hacía 20 años atrás con su mentor, León Najnudel- para buscar respuestas a la situación. “Ahí entendí todo, me corrí a la posición de segundo entrenador y todo empezó a fluir mucho mejor dentro del equipo”, admite Julio en “3DT”, el documental de básquet que por esos días se está viendo en distintas plataformas (ver toda la información). Una anécdota que refleja esta simple pero, a la vez, contundente e interesante pieza audiovisual dirigida por José Glusman que llega para reflejar -y entender-, desde otro lugar, el camino del éxito del seleccionado argentino durante casi tres décadas. El foco, en este caso, no está puesto en los estrellas sino en los tres entrenadores que tuvo este mágico proceso. Piezas valiosas, esenciales, que fueron mentores de estrellas -de eso hablan Ginóbili, Pepe Sánchez, Scola, Oberto y Nocioni-, que supieron subyugar su ego y complementarse para el bien del básquet nacional. La otra Generación Dorada.

Hablamos de Rubén Magnano, Lamas y Hernández, quienes se alternaron en el cargo entre 1997 y 2021, en distintos roles, poniendo sus talentos al servicio de algo más grande y, sin dudas, dejando un ejemplo y una enseñanza para otros deportes e incluso, aunque parezca mucho, para la vida y para nuestra sociedad. Tres entrenadores distintos en sus estilos y personalidades que forjaron una identidad que quedó marcada a fuego, elevaron -y sostuvieron- al básquet argentino hasta la elite mundial, generando un antes y un después: 24 años que incluyeron mucho más que dos medallas olímpicas, dos subcampeonatos mundiales, dos campeonatos de América -y cinco segundos puestos-, cuatro Sudamericanos y un Panamericano. “Todos entendimos que hay momentos para ser protagonistas y otros, para ayudar desde otro lugar”, admite Oveja. “Porque a la Selección uno siempre va a dar, nunca a recibir”, agrega Lamas. En esta nota intentaremos desgranar la importancia de cada técnico, por qué los tres llegaron en el momento justo y qué aportaron en la construcción de dos camadas distintas, la primera la mítica Generación Dorada que nos emocionó formando el mejor seleccionado de la historia del deporte argentino. Una historia para recordar ahora que el básquet argentino está en crisis…

El documental narra la historia de una forma cronológica, iniciando en aquella conquista del Mundial del 50 y cómo la decisión de la dictadura -en 1957- de prohibir a gran parte de una brillante generación le costó décadas de oscuridad al básquet argentino. La creación de la Liga Nacional, explicada en la voz de su creador, León Najnudel, es el primer mojón del éxito. Porque sin una fuerte competencia interna, federal, que “hiciera competir a los mejores durante 10 meses”, no hubiera existido nada de lo que vino después. El relato, luego, se posa en el valor de los clubes de barrio, el hogar de la gran mayoría de los protagonistas, incluidos Magnano (Unión de Oncativo), Lamas (San Andrés de Villa Ballester) y Hernández (Villa Mitre de Bahía Blanca). Cómo cada uno encontró y dio rienda suelta a sus dos pasiones: el básquet y la enseñanza. La base del éxito de esta historia mítica.

Después la ilación se traslada a 1997, cuando Lamas asume luego de que Guillermo Vecchio pusiera la primera piedra, entre 1991 y 1996, rastreando jugadores, imponiendo otro método de trabajo y empezando a hablar de competir con los mejores del mundo. Justamente Magnano había sido asistente de Vecchio. Pero resultó Julio el que llegó para potenciar una generación que estaba apareciendo. Fue en el Mundial U22 de Australia que no se menciona en el filme pero fue la genesis de esa camada, aquel tercer lugar que pudo ser título si no era por un triple agónico de un australiano… Sí se habla del valor que tuvo Lamas en comenzar con un recambio que, él admite, no tenía planeado pero que fue entendiendo como vital.

Fue en el Mundial 98, un torneo con altos y bajos, para el que Lamas tuvo el coraje de llevar a Pepe Sánchez como tercer base, de elegir a Manu sobre Jorge Racca -escolta consagrado de esos años-, de darle la titularidad a Fabricio Oberto, de devolver a Hugo Sconochini -prohibido con Vecchio- al seleccionado y de darle más rodaje a Alejandro Montecchia en detrimento de un ídolo como Marcelo Milanesio. El recambio se profundizó al año siguiente, por las bajas en masa -por renuncias y retiros- que tuvo la Selección. Ahí aparecieron Luis Scola y Andrés Nocioni con 18 años, Leo Gutiérrez con 21, bajo la tutela de Sconochini y Juan Espil. Y aquella fue una competencia bisagra. Si bien no se logró la clasificación olímpica, porque sólo había dos boletos, Argentina hizo hasta ahí el mejor torneo de visitante en la historia (récord de 7-3) y tuvo destellos individuales. Ya había una certeza: con estos pibes nuevos se podía competir con los mejores.

Ahí el relato se detiene porque hay un cambio que, en el momento, pareció duro pero terminó siendo esencial en la historia, como sería una constante en la dinámica de estas tres décadas. El “no hay mal que por bien no venga”… A una mala noticia, la partida de Lamas para dirigir en España -Tau Cerámica-, le sucedió una buena, en este caso el desembarco de Magnano como head coach, la persona ideal para ese momento de la historia. Esos pibes que venían surgiendo mostraban más que talento. “Eramos caballos salvajes, con un fuego que nos quemaba por dentro. Pero no a uno o dos, a todos…”, admite Pepe. Dentro de ese grupo tan especial se cocinaba un caldo de cultivo muy especial, que mezclaba talento, piernas frescas, energía, hambre de gloria y necesidad de crecer -potenciada por el condimento social, la crisis del 2001 en el país-. Y Magnano fue el chef ideal. Porque impuso una forma de trabajo muy exigente, con normas estrictas, con una marcada equidad entre los integrantes -no había mejores ni peores-, con una filosofía que no negociaba el esfuerzo, la importancia del equipo y el juego colectivo por sobre todo.

Si a eso le sumabas la gran competencia interna que existía, la química grupal que se había solidificado y la madurez basquetbolística del equipo, el resultado fue lógico: un golpe mundial. Que, en realidad, empezó siendo continental, en aquel Premundial 2001 -campeón invicto- que dejó claro que el equipo estaba para más y le dio felicidad a un pueblo agobiado por el contexto social y económico, como deja claro el documental. Que luego tuvo la explosión en Indianápolis 2002 en una felicidad que no pudo ser completa por ese combo entre robo arbitral y equivocaciones propios que evitaron el título mundial. Pero aquel golpe sirvió de aprendizaje para que, dos años después, el seleccionado tuviera más oficio y hambre de gloria. Así , tras un nuevo histórico triunfo ante un Estados Unidos con estrellas NBA, logró el mítico oro olímpico. Seguramente el hito más importante en la historia del deporte nacional. Por el altísimo nivel competencia y porque Argentina no era potencia en el concierto mundial…

Magnano los pinchó, los exigió, los llevó al límite, como en aquella preparación del 2002 en Colón, Entre Rios, donde se entrenaba seis horas por día y los jugadores ni podían caminar luego del doble turno. Fue casi como un servicio militar, “algo inhumano”, como describió Pepe. Rubén tenía dos caras. En lo social era un tipo piola, con sentido común, incluso divertido -como buen cordobés- pese a ese gesto adusto y pinta de sargento que tenía, pero cuando había que trabajar, no existían las concesiones. Para nadie. Esa dinámica, claro, no podía durar mucho tiempo. Y por eso, cuando Magnano decidió aceptar la propuesta del Varese italiano, pocos meses después de Atenas 2004, algunos jugadores sintieron alivio, más allá de que con el tiempo le reconocieron muchas cosas y la mejor forma fue regalarle una réplica de la medalla dorada que los Juegos Olímpicos no le dio -sólo se entregan 12, a los jugadores-.

De cualquier forma, no dejó de ser un golpe, porque se fue el padre de la criatura. ¿Y ahora? Lamas, dijeron los dirigentes. Justamente el documental deja claro cómo, siempre, la primera opción no fue la que se concretó. Julio llegó cuando Magnano dijo no, luego Lamas no llegó cuando se fue Rubén. Hubo dudas entre Oscar Sánchez y Hernández y, contra varios pronósticos, se eligió a Oveja, un acierto absoluto para el momento. A la luz de lo que pasó luego, claro. Porque, en ese momento, había dudas en el ambiente. La Selección era un fierro caliente. Con una mochila más: que un entrenador de la Liga Nacional tuviera que dirigir a campeones de la NBA, olímpicos, a un equipo consagrado que venía con algunas tormentas internas propias del crecimiento personal y deportivo de cada uno de los integrantes.

Oveja, inteligente y carismático, fue bicho. Supo que tal vez aún no estaba preparado para dirigirlos y que, por ende, no podía imponer nada. Al menos de arranque… Porque no tenía crédito ni espalda. Lo suyo era adaptarse a un plantel que ya sabía cómo jugar y comportarse, que tenía una línea dentro y fuera del campo, y que contaban con personalidades pesadas… No romper lo que estaba sano y no joder en demasía, porque el horno no estaba para bollos. Le costó, no fue fácil. Pero lo hizo, apoyado siempre en su personalidad compradora y, a la vez, flexible.

Cuando Pepe Sánchez cuestionó porque el cuerpo técnico no consultaba a los jugadores para diseñar una estrategia, teniendo en cuenta que era ellos los que jugaban con o en contra de casi todos los rivales, se lo aceptó. “Yo he modificado decisiones tácticas por pedido de un jugador”, acepta sin dudar ni sentir nada malo al respecto, dejando claro que no estaba a altura del nivel de detalle que manejaban las estrellas. Su forma de trabajo, distinta, más light, cayó bien en un grupo que ya consideraba que el formato servicio militar de Magnano ya no sostenía. O no era para ese momento del plantel olímpico. “Cuando vino Sergio, nos dimos cuenta de la dureza de Magnano”, acepta Nocioni con su habitual crudeza, aunque aclarando que eso no significaba que uno era mejor que otro.

Hubo momentos duros, sobre todo aquellos en la previa del Mundial 2006, en un vestuario caliente tras duras derrotas en amistosos en Singapur, pero todo cambió durante la competencia oficial, como tantas veces logró la GD. Argentina hizo un torneazo que pudo terminar en título del mundo si no era por eso tiró agónico que Nocioni falló ante España en semifinales. Sin embargo, alguna crítica se escuchó contra Oveja, porque de un oro olímpico se había pasado a un cuarto puesto Mundial. Pero en la intimidad no había cuestionamientos. Oveja pasó la primera prueba y se afianzó definitivamente en la segunda, al año siguiente, cuando hubo renuncias en masa y la Selección fue al Preolímpico de Las Vegas buscando uno de los dos boletos olímpicos. Fue de punto y terminó siendo banca, apoyado en la dupla Prigioni-Scola y en un grupo de jugadores de nuestra Liga. “Bueno, ahora sí podés dirigirla”, es la frase de Hernández que resume lo que todos pensaron en 2007.

Para 2008, Oveja llamó a Lamas para que fuera su asistente y, como cuenta la anécdota que inicia esta nota, Julio se fue adaptando, como hizo Sergio antes, para aportar al bronce olímpico. En 2009, con un tercer lugar en el Premundial, y en el 2010, con un quinto puesto en el Mundial, en ambos con muchas bajas, se sostuvo a la Selección en la elite. Y ahí Oveja se bajó del barco. Y se subió Lamas.

Con la presión de tener que lograr la clasificación olímpica, primero, y luego ganar el primer torneo importante en casa en una década, el Preolímpico 2011. Y Julio, que había trabajado con estos jugadores cuando eran mucho más jóvenes, tuvo sus tormentas. Pero, como pasó con todos, lidiaron los conflictos con altura y, al final, lograron el objetivo. En 2012, para Londres, Oveja se sumó a Lamas como asistente y el seleccionado arañó la tercera medalla olímpica.

El peor resultado en 24 años, aquel 11° puesto en el Mundial 2014, significó el final del ciclo de Julio y el testigo lo tomó Sergio, en un momento que todo se veía negro. Y ahí vimos lo mejor de Oveja, construyendo un nuevo equipo, moldeando una nueva generación, dando rienda suelta a una gestión carismática, sumando autoestima y confianza a unos chicos con talento pero que vivían a la sombra de la Generación Dorada. Los sacó de ese lugar, les alimentó un espíritu propio (El Alma Argentina) y los potenció como equipo, haciéndolo jugar como realmente él quería y no había podido con la GD, teniendo en cuenta las características de un equipo que había sumado años y millas. Oveja, creativo como pocos, tal vez el mejor de los tres en lo que se refiere a dirigir partidos por su talento, intuición y toma de decisiones, logró formar un equipo que nos cautivó, como hacía años no pasaba. Dentro de un contexto de un básquet muy distinto, más rápido, vertical, con más jugadores perimetrales y versátiles, el bahiense construyó otra identidad de juego, que le vino de perillas al grupo, aunque siempre con las bases innegociables de la GD, valores que Manu, Nocioni y, sobre todo Scola, quien se quedó hasta 2021, supieron transmitir dando el ejemplo y marcando el camino.

La épica del Premundial 2015, ganándole el boleto olímpico a México en su propia casa, en un estadio a reventar, se pareció mucho a la de Las Vegas 2007. Luego Oveja transitó el adiós de Manu y Chapu, en Río 2016, mientras profundizaba el recambio, con la base del equipazo que haría historia en el Mundial 2019, con un resultado -subcampeonato- y un juego que nos hizo recordar mucho a lo que la GD hizo en el Mundial 2002. Son causalidades más que casualidades. Sino no se puede explicar la permanencia en la elite -top 3 del mundo- de un país que casi no tiene raza negra ni balcánica, que está en el Tercer Mundo, que no tiene infraestructura de Primer Mundo, que vive generalmente en crisis, que no cuenta con una de las mejores ligas del mundo -por eso fue tan importante el éxodo de jugadores- ni con la tradición de las potencias. ¿Cómo se explica que hoy se reconozca a una escuela argentina, como la americana, la balcánica o la soviética, por caso? Los entrenadores son, sin dudas, parte de la explicación.

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